Ahora añoro una de esas viejas conexiones clandestinas,
vibrantes, lentas, y ruidosas,
que nos alejan de la tentación
y nos conducen al interior de la red,
al ciberespacio;

donde puedes olvidarte del país por el que navegas;
donde nadie puede quejarse que le estás pisando la hierba
o denunciarte por allanamiento de sus lugares físicos;
donde puedes saltar como un resorte y decir adiós al mundo real;
donde puedes viajar como un peregrine; sin destino fijo;
donde mi espíritu es libre;

donde no existen los firewalls ni se parchan las backdoors;
donde tu cabeza está más en la red que tus pies sobre la tierra;
donde sistemas sin parchar te permiten anticipar a la hacker que se acerca
y prepararte así para el encuentro;

donde los bits no son tan valiosos como para ser minados;
donde los muros son viejos scripts sin mantención;
donde les cibernautes no tienen excusas para detenerse,
sino que pasan y te dejan con tus pensamientos;
donde no importa el sentido de tu marcha, si vas o vienes,
si es mañana o tarde, mediodía o medianoche;

donde la información es libre por ser pública — de todes;
donde puedes navegar y pensar sin obstáculos,
sin que haya nada para medir el progreso;
donde puedes navegar cuando se te llena el pecho de congoja
y dar rienda suelta a tus humores;
donde no mantienes falsas relaciones con los hombres,
ni cenas ni conversas con ellos;

donde puedes ir a los lugares más remotos de Ciberia.






Cita extraída y adapta de los fragmentos del diario de Henry D. Thoreau, 21 de julio de 1851.